Había ya pasado la etapa en la que Antonia se pintaba los labios y las
uñas de negro. Por más que se disfrutó esa etapa en la que siempre estaba
triste, ya era tiempo de optar otro estilo, en su opinión. Un día decidió hacer
un resaque de ropa. Dejó todas sus piezas femeninas y sacó toda prenda de ropa
con estilo gótico. En el momento en el que tomó el corset rojo y negro en sus
manos se transformó en aquella chica artística, poeta amante de la música que
tantas aventuras tuvo con esa prenda de ropa.
Decidió quedárselo y ubicarlo
junto a la ropa negra de su closet. El corset permaneció ahí por meses… y
meses, que luego se convirtieron arduos años en los que veía como cada otra
prenda de ropa era utilizada mientras que él no. Los que más salían del closet
eran las camisas sedosas, los trajes floridos, los cardiganes, etcétera. En
realidad todo, menos el pobre corset.
Un día, Antonia decidió hacer otro resaque. Sacó toda su ropa del closet
sin notar que, en la esquina de la derecha del closet, permanecía el corset llorando de soledad. Cuando Antonia fue a sacar unas cajas en el piso, el corset la
agarró por el cabello fuertemente con sus botones, hiriéndola en el cuero cabelludo. Aquí fue
cuando Antonio lo notó. Abrió grandemente los ojos, dándose cuenta del mensaje
del corset: “Si me vas a sacar, hazlo ya; pues no aguanto ser ignorado ni un
momento más”. Fue en ese momento, en el que Antonia tomó el corset y lo puso
en la cama. Cuando terminó de acomodar todo, se bañó, regresó su cuarto y se vistió con el corset. Esa
noche, salió a celebrar su cumpleaños número 23 mientras vestía de su regalo de
los quince; el corset rojo y negro
.
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