De nada tuvo que quejarse, porque ya nada sentía; porque ya nada ella
era. La dejo sin luz en sus ojos. Esos ojos que poco antes fueron los más
brillantes que habrías visto. Esos ojos que tenían el poder de enamorarte en un
instante.
Sus manos cayeron sin vida sobre su cabeza. Sus últimos suspiros fueron
degradantes. Trato de mantener la mirada en alto, pero el aire que le faltaba
se lo impedía.
Lo próximo que ocurrió fue que su rostro comenzó a sonreír. Sus ojos se
abrieron suavemente, y sus coquetas pestañas parpadearon. Miro a su lado y vio a su amado. Este la miro.
Le acaricio la cara y ella hizo lo mismo. Se quedaron mirándose con
infinita ternura…
Luego se dijeron aquellas palabras las cuales hoy día producen tanta
controversia. Ellos se amaban, y nadie tenía la potestad ni el derecho de
decirles lo contrario.
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